Resistirse es inútil

Gareth Kershaw

01/11/2018

El uso de dispositivos personales en el trabajo es un tema candente. Pero los empleados quieren ir aún más allá y conseguir que las políticas que lo regulan incluyan también sus accesorios tecnológicos. Ahora que la venta de «tecnología ponible» avanza imparable, tal vez los directivos deberían dejar a un lado sus reticencias y rendirse a ella, aunque a corto plazo aún plantee ciertos problemas de seguridad…

Probablemente tengas tus propias opiniones sobre la llamada «tecnología ponible».

Ya sabes, smartwatches y cosas por el estilo.

Quizás, igual que yo, te des cuenta de su increíble potencial para cambiar la relación entre las personas y su interacción con el mundo.

Es posible que los veas como esos artilugios ligeramente pretenciosos que llevan los blogueros de veintitantos, artistas y directores (los típicos con tanta prisa por consultar Instagram que no quieren ni meterse la mano en el bolsillo).

O a lo mejor te recuerdan más a una crisis de los cuarenta, como si cada notificación de mensaje fuera un grito de socorro.

Pero lo cierto es que no importa demasiado lo que pensemos. Porque las tecnologías ponibles están aquí para quedarse, y se prevé que para 2020 se usen 600 millones de dispositivos de este tipo.

Tal vez se nos pueda perdonar que, por el momento, nos parezcan poco más que una forma de acceder al teléfono. Pero no cabe duda de que, a medida que se vuelvan más potentes e inteligentes, serán mucho más que eso.

Por supuesto, no todo es maravilloso y aún quedan algunos detalles que solucionar.

Por ejemplo, que alguien los use con fines malintencionados.

No me entusiasma la idea de que me graben o filmen sin darme cuenta, y seguro que a la mayoría de los ejecutivos les pasa igual. Y tengo la sensación de que las gafas del Sr. Google tampoco arrancarían un aplauso en la sala de juntas.

Además, cuanto más se popularicen los accesorios tecnológicos, más probable será que se conviertan en objetivo de los ciberdelincuentes. Para colmo, están bastante indefensos. Las conexiones Bluetooth y WiFi no son las más seguras. Gran parte de los datos se almacenan en el propio dispositivo. No tienen PIN ni sistemas de identificación biométrica. Y las aplicaciones de terceros son, con frecuencia, verdaderos «caballos de Troya».

Si llevas puesto un smartwatch, es posible que te acabe de comunicar un aumento de tu presión sanguínea. Lo sentimos, pero no te preocupes. Los proveedores de tecnologías ponible ya están tratando de solucionar estos problemas, así que la ayuda está en camino.

Y menos mal que es así. Porque antes de que los accesorios tecnológicos puedan comenzar a reemplazar los teléfonos (o incluso competir con ellos), hace falta que empiecen a ajustarse a los protocolos de seguridad estándar en otros ámbitos.

Si compro un portátil Lenovo, por ejemplo, podré quedarme más tranquilo porque sabré que lo han probado hackers de sombrero blanco (los buenos, para entendernos) y que la BIOS, el firmware y las aplicaciones están protegidos, puesto que la seguridad forma parte de su ADN.

Cuando se pueda decir lo mismo de las tecnologías ponibles, la cosa se va a poner muy interesante.

Seguramente así comience su verdadera edad de oro, en la que no solo serán más que bienvenidas en el lugar de trabajo, sino que se convertirán en herramientas imprescindibles durante la jornada laboral.

Una vez que eso ocurra, su potencial solo se verá limitado por nuestra propia imaginación.

Así que ya sabes: resistirse es inútil. Tanto si la tecnología ponible te convence como si no, muy pronto se adueñará de tu muñeca.

La oficina de cara a 2020

Todo lo que necesitan saber las organizaciones del siglo XXI.