Por qué un portátil ya no es un portátil

Gareth Kershaw

09/10/2018

Hoy en día, nuestras vidas discurren a un ritmo frenético. Para tratar de seguirlo, los dispositivos no tienen más remedio que volverse más pequeños, finos y ligeros, además de más resistentes y potentes. Nada de esto es fácil, pero una nueva generación de máquinas está ampliando las fronteras del portátil tradicional y transformando su potencial empresarial.

Los dispositivos personales están cada vez más presentes en nuestras vidas.
De hecho, si somos del todo sinceros, se han vuelto completamente indispensables. Están a nuestro lado allá donde estemos: en casa, en los desplazamientos, en la oficina, en las tiendas y prácticamente en cualquier lugar.

Y, sin embargo, no reciben el crédito que de verdad merecen.

Sus días comienzan temprano. Una vez que nos han despertado (algo que esperamos de ellos), empiezan un turno de 18 horas como mínimo de duro trabajo, 7 días a la semana. Envían nuestros correos, gestionan nuestra carga de trabajo, organizan nuestra vida social, nos entretienen y muchas cosas más. Y, durante todo este tiempo, cada vez somos más exigentes con ellos.

Nuestros portátiles lo tienen especialmente difícil. Esperamos que hagan sus tareas sin rechistar y que nunca nos fallen.
¿Y qué ocurre si cometen el más mínimo error? Arremetemos contra ellos injustamente. ¿Crees que exageramos? Piensa en la última vez que tu portátil te dio problemas. ¿Recuerdas la molestia? ¿La ansiedad? ¿El ataque de pánico? ¿Las ganas de estrellarlo contra el suelo de la habitación?

Además, ahora compiten por ganarse al usuario con todo tipo de smartphones, tabletas y otros dispositivos menos voluminosos y pesados, lo que les resta atractivo.

Siempre les acompaña la presión de ser más pequeños, finos y ligeros, y ni eso basta para mantenernos satisfechos. También esperamos que sean más resistentes y potentes.

Es decir, para seguir el ritmo y no quedarse obsoletos, ahora los portátiles deben ofrecer un perfecto equilibrio de prestaciones: la portabilidad de una tableta, la conectividad de un smartphone y la funcionalidad y potencia de un sistema de sobremesa.

Eso no se consigue fácilmente. Cuanto más pequeño y fino es un dispositivo, menos espacio hay para los componentes, los puertos y todo lo que desean los usuarios en la actualidad. Y también menos espacio para la gran potencia de procesamiento que ahora exigen.

 

¿Movilidad o potencia? Al final, siempre se sacrifica una u otra.

 

O tal vez eso fuera antes.

 

Ahora está surgiendo una nueva generación de portátiles que incumple lo establecido y lleva el formato y las funciones mucho más allá de los límites acostumbrados. Estos portátiles están redefiniendo la categoría a la que pertenecen, y lo hacen hasta tal punto que tal vez se les debería dar otro nombre. Los superportátiles, quizás.

 

El Lenovo ThinkPad P1, por ejemplo. Aunque quede mal que lo digamos nosotros.

 

Con un grosor de solo 18,4 mm y un peso de solo 1,7 kg, se trata de nuestra workstation móvil más fina y ligera. Pero con los procesadores Intel® Xeon® y Core™ de 8.ª generación, la tarjeta gráfica NVIDIA® Quadro®, una pantalla táctil de 39,62 cm (15,6 pulgadas) y opciones de memoria y almacenamiento masivos, realmente ofrece lo que verdaderamente importa.

A medida que sigan surgiendo equipos así y transformen el sector (integrando características nuevas y potentes como cámaras 3D, reconocimiento facial intuitivo y navegación basada en voz y gestos), también se transformará su capacidad de impulsar el potencial empresarial. Especialmente en áreas como la colaboración, la comunicación y la mejora de la toma de decisiones.

La enorme ventaja que supone que los usuarios ya no tengan que elegir entre potencia y movilidad no se puede subestimar. Al ofrecer ambas cosas y mucho más, el superportátil aporta a la empresa una potencia y movilidad superiores. Esta nueva ola de hardware impulsa experiencias tecnológicas novedosas, inmersivas y potentes de las que apenas se había escuchado nada hasta hace poco y cuya popularidad ha sido toda una sorpresa.

 

Es probable que el cambio marque un antes y un después.

 

La conclusión es muy sencilla. Hay que reconocer los méritos cuando corresponde. ¡Vivan los portátiles! Realmente son fantásticos.

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