En un mundo eminentemente digital, la tecnología se vuelve invisible, como el aire que respiramos.

Gareth Kershaw

09/10/2018

En la película clásica de Pixar Los increíbles, el autoproclamado genio malo Síndrome declara: «Cuando todo el mundo sea súper, nadie lo será». Con la tecnología pasa lo mismo. Cuando todo el mundo haya terminado su transformación digital, ¿cómo harán las empresas para diferenciarse de forma rentable?

Veamos algunas estadísticas recientes relativas a la transformación digital.

Ya verás como algunas te dan que pensar.

Las cifras están sacadas de un informe de IDG de 2018 sobre el panorama actual de la transformación empresarial digital. Aunque hay pocas sorpresas, las conclusiones ponen sobre la mesa algunas realidades empresariales que se resisten a desaparecer:

  • Realidad 1. Las empresas grandes evolucionan de forma más lenta que las pequeñas. Según IDG, el 55 % de las empresas emergentes ya han adoptado una estrategia empresarial digital, en comparación con el 38 % de lo que ellos llaman empresas tradicionales.
  • Realidad 2. El dinero supone una barrera para la adopción. Un tercio de los entrevistados por IDG afirma que no tiene presupuesto suficiente para comprometerse con una estrategia que anteponga lo digital.
  • Realidad 3. La productividad se considera ligeramente más prioritaria que la experiencia de los clientes. IDG afirma que el 52 % de las empresas quieren usar herramientas como los dispositivos móviles, el acceso a los datos y la inteligencia artificial para potenciar la productividad, mientras que el 46 % da prioridad al cumplimiento de las expectativas de los clientes. La diferencia es pequeña, pero existe.

No quiero aburrirte con más cifras, aunque en el informe hay muchas más sobre el Internet de las cosas, la inteligencia artificial y otros aspectos de la transformación digital. En general, los resultados confirman lo que cabe esperar.

Como soy periodista, estas estadísticas me llevan inevitablemente a preguntarme: «Ah, ¿sí? ¿Y entonces qué?». No es cinismo, sino un sano escepticismo y el afán por descubrir qué hay detrás de todo esto.

Para ahondar algo más en este tema, me ha parecido interesante un artículo de Larry Dignan en zdnet.com sobre el lanzamiento de la tecnología de oficina inteligente de Lenovo. Es de hace más de un año, pero no ha perdido vigencia.

Larry Dignan remarca que muchas empresas se centran en la cara más amable de la transformación digital en lugar de coger el toro por los cuernos y hacer frente a las dificultades que supone. Hay quien crea oficinas diáfanas y se pone a dar dulces gratis antes que ofrecer dispositivos y redes compatibles con el tipo de análisis de datos y los mecanismos de colaboración que verdaderamente aportan valor.

Voy a hacerte una pregunta. Cuando tengas la infraestructura y los dispositivos ágiles e inteligentes necesarios para respaldar los objetivos de tu empresa , ¿qué tienes pensado hacer con todo? Sin duda, ahorrarás dinero, trabajarás de forma más eficiente e incluso potenciarás la productividad (eso que siempre promete la transformación digital), pero ¿cómo te diferenciarás de la competencia, que estará igual de digitalizada que tú?

La clave son los empleados. «Transformarse digitalmente» no es otra cosa que facilitarles las herramientas que necesitan para ser brillantes. Incluso la inteligencia artificial no reemplaza esa chispa de genialidad que surge cuando un ser humano se libera de las ataduras y trabaja, experimenta, inventa y colabora en un entorno que le ofrece total libertad.

Cuando Larry Dignan publicó su artículo sobre la iniciativa relacionada con la oficina inteligente de Lenovo, estábamos preparándonos para celebrar el 25 aniversario del ThinkPad, la máxima expresión del tipo de inventiva al que me refiero: un portátil ligero, elegante y resistente inspirado en un bento japonés.

El ThinkPad fue un auténtico alarde de imaginación humana, y ese es el espíritu de la transformación digital. No es un fin en sí mismo, sino una forma de encontrar aquellas capacidades que las empresas no han podido desarrollar debido a las barreras de comunicación y accesibilidad. ¿El objetivo? Desatar la innovación, encontrar formas ingeniosas de aumentar la eficiencia y hacerlo todo mejor.

Busquemos información en Google, pidamos un Uber para ir al teatro (reservado por Internet) y hagámonos con la última obra de Audrey Niffenegger, entregada en la puerta de nuestra casa mediante un dron. Pero dejemos de preocuparnos por la tecnología como algo que nos es ajeno. ¿Acaso pensamos en respirar? Nos volveríamos locos si dedicáramos demasiado tiempo a ello.

Es hora de concebir la tecnología de otra manera, de estudiar las posibilidades que ofrece a las personas y el valor que puede aportar. Después de todo, el hombre llegó a la Luna sin Internet, el correo electrónico y las redes sociales digitales. Ahora que podemos colaborar y compartir lo que nos inspira casi a la velocidad del pensamiento, nuestra brillantez solo tiene un límite: nuestra propia imaginación.

La oficina de cara a 2020

Todo lo que necesitan saber las organizaciones del siglo XXI.